El Gran Dictador | Discurso final

Fotogramas Dorados II

Esta vez, para Fotogramas Dorados, he elegido uno de los discursos más reivindicativos y valientes de la historia del cine, no solo por el mensaje en sí, sino por la temática que atiende y en el año en que lo hizo. Se trata, como no puede ser de otra forma, del discurso final de Charles Chaplin en ‘El Gran Dictador’ (1940).

Al igual que la escena elegida para Fotogramas Dorados I, esta también forma parte del final de la estupenda película de Chaplin, quien como sabreis, interpreta a dos personajes en el film: un barbero con gran parecido a Hitler, y a su vez al dictador alemán (llamado Hynkel, dictador de Tomania, en la película).

Llegados al punto del metraje en cuestión, ambos personajes han intercambiado sus roles por una cadena de errores e infortunios cometidos por las tropas del tirano. Pero poco importa la artimaña de la que se sirve Chaplin para sustituir ambos papeles. Lo que si importa es que el cómico disfrazado de dictador, sobre la tribuna que le dispone ante todo el pueblo de Tomania, habla, al principio con timidez y después encendido ante las injusticias del opresor. Pronuncia un discurso humanista de más de cinco minutos haciendo valer las bases de la sociedad democrática.

“Lo siento, pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible, judíos y gentiles, blancos o negros. Tenemos que ayudarnos unos a otros. [...] La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas. Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. [...] A los que puedan oírme les digo: no desesperéis, la desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores, y el poder que le quitaron al pueblo se le reintegrará al pueblo, y así mientras el hombre exista ¡la libertad no perecerá! Soldados, no os rindáis a esos hombres, que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen lo que tenéis que hacer, que pensar y que sentir. [...] Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de convertirla en una maravillosa aventura ¡En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos! Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble, que garantice a los hombres trabajo y dé a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. [...] ¡Luchemos por el mundo de la razón, un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad! ¡Soldados, en nombre de la democracia, debemos unirnos todos! … “

El discurso fue acogido con frialdad en Estados Unidos, ya que todavía el país rehusaba de entrar en guerra, además de que la izquierda lo consideró ingenuo, y la derecha una provocación comunista. Quizás las palabras tengan cierta ingenuidad, pero no es más que la lucha de un cineasta brillante contra un tirano dictador en el escenario que a ambos les unía: el espectáculo. Alcanzado por el primero en su cine, y por el segundo en sus discursos enaltecedores.

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